Céntrate en las fortalezas

Bryant era un desastre ambulante.

A los 16 años había sido expulsado del instituto. Los miembros del Consejo Escolar lo aborrecían. Los profesores se estremecían cuando caían en la cuenta de que podría estar en su clase. Incluso sus compañeros no podían soportarlo.

Irritante. Desafiante. Molesto. Repugnante.

Cualquier adjetivo negativo calificaba la actitud y comportamientos de Bryant.

Tras su expulsión, fue enviado a un instituto «alternativo» donde los profesores estaban especialmente preparados para manejar estudiantes difíciles.

Se reprodujo la misma historia.

Se ganó la antipatía de todo el mundo hasta tal punto que fue expulsado nuevamente y enviado a un instituto «alternativo del alternativo», un programa especial para los casos más peliagudos.

Esta era su tercera y última oportunidad. Si aquí no encajaba, la calle sería su próximo destino.

Parecía que solo un milagro podría evitar el inminente desastre.

El taller que nadie esperaba

Bryant participó en un taller de cinco días para descubrir y articular sus fortalezas.

«¿Quién es tan iluso como para buscar algo de excelencia en esa colección de indeseables?», pensaba la mayoría.

Bernard Haldane, creador de la metodología Dependable Strengths, su esposa Jean y Allen Boivin-Brown (quien me contó esta historia años después) facilitaron el taller. Cuatro horas al día durante cinco días. El mismo formato que utilizaban con adultos.

Después de una labor inicial de motivación, el taller se desarrolló con sorprendente facilidad.

La revelación

Los facilitadores se quedaron pasmados cuando leyeron el informe de Bryant:

«Las fortalezas que puedo ofrecer son:

  1. Trabajo bien con personas
  2. Soy responsable
  3. Trabajo rápido
  4. Soy amigable»

¿Cómo podía decir que trabajaba bien con personas y que era amistoso cuando todo lo que se sabía sobre él indicaba exactamente lo contrario?

Pero la auténtica conmoción llegó cuando examinaron las experiencias que justificaban esas fortalezas:

«He ayudado a un hombre discapacitado de 80 años cada día durante el último año y medio: preparando su desayuno antes de ir al instituto, sacando la basura, fregando los platos, yendo a hacer la compra una vez por semana».

«Asumo la responsabilidad de asistir a tres personas mayores de mi vecindario. Les ayudo a hacer sus ejercicios, a vestirse, cocino y limpio. Me ofrezco voluntario cuando me necesitan».

Por alguna razón, Bryant tenía en gran estima a las personas mayores.

Y al parecer, ¡ellas también le correspondían!

Lo que nadie sabía

¿Quién podía haberse imaginado que este muchacho albergaba algo tan bueno en su corazón?

Por supuesto, los facilitadores no habían escuchado ni una sola palabra sobre esto en el instituto. El expediente de Bryant estaba repleto de informes relatando sus fechorías, alborotos y problemas.

Pero ni una sola mención sobre algo bueno. Ni una palabra sobre algo que hubiera hecho bien.

Solo conocían el lado negativo de Bryant.

El remordimiento de un educador

Aunque ya habían pasado 20 años, Allen me confesaba abatido:

«Estaba triste y enfadado con nuestro sistema educativo. En los 10 años que Bryant había estado en la escuela, nunca nos habíamos preguntado, ni siquiera una sola vez: ¿qué tiene Bryant de bueno?

Únicamente nos habíamos fijado en lo malo. Nos habíamos centrado tanto en arreglar su lado malo, sus debilidades, que nunca nos habíamos molestado en buscar un lado bueno, sus fortalezas.

Y me sentía impotente. Si hubiéramos sabido su dedicación por la gente mayor, podríamos haberle matriculado en un programa de ayudante de enfermería que se impartía en nuestro distrito. Con 16 años, podría haber conseguido un empleo en una residencia de ancianos. También podría haberle animado a seguir una carrera en gerontología.

Podría haber tenido un futuro brillante y productivo si sólo hubiéramos conocido lo positivo en él.

Lamentablemente, por aquel entonces ya era demasiado tarde.»

El final desconocido

No sabemos qué camino tomó finalmente Bryant.

Si decidió seguir por su particular autopista al infierno o si optó por subir la escalera hacia el cielo que acababa de descubrir en el taller.

La lección

Allí donde estés, gracias Bryant por tu lección de vida.

Todos tenemos fortalezas.

El verdadero éxito consiste en descubrirlas y tener el coraje de organizar nuestras vidas de tal forma que podamos aplicarlas.

La excelencia se alcanza siempre maximizando nuestras fortalezas.

Nunca mejorando nuestras debilidades.

Historia compartida por Allen Boivin-Brown, presidente del Center for Dependable Strengths (Seattle, Washington), abril de 2012.

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